Lo último que recuerdo de Quilca fué que era un pequeño pueblo donde pase momentos inolvidables durante mi niñez. Regresar luego de 18 años me supuso una emoción muy fuerte. Quilca esta situada a 2 horas de Camana a través de una carretera sin asfaltar y que incluye muchas subidas y bajadas, también es posible llegar por mar, de hecho la única vez que viaje por mar fué para anclar en Quilca.
Quilca se divide en pequeñas zonas: el pueblo, la caleta y el valle que viene a ser la parte mas grande. Las actividades principales son la agricultura y la pesca. Me hospedé en la casa de mi tía Lidia; inmediatamente traté de reconocer esos campos verdes donde había correteado como loco, los animales, la acequia, la poza del tío Villegas, el río; pero muchas cosas habían cambiado, las casas ya no eran tan rústicas, la acequia ahora era un canal perfectamente definido gracias al concreto, ya no hay tantos animales como antes y la poza donde solíamos bañarnos durante horas desapareció, sin embargo aún se conserva esa paz que solo te puede brindar el campo, la primera noche me puse a contemplar el cielo y estaba lleno de estrellas, todo se veía tan nítido, recuerdo mucho que fué en Quilca donde ví la primera y única estrella fugaz de mi vida. Respirar ese aire, era una sensación maravillosa, ni siquiera había mosquitos que perturbarán mi trance embelesado. Me recosté en una piel de oveja y me quedé mucho rato contemplando el firmamento, tratando de disfrutar al máximo ese momento.
No tenía mucho tiempo, mi plan era aprovechar al máximo mi estadía, luego de un abundante desayuno, fuí con mis primos a visitar el campo, luego a montar caballo, recoger leña (sí, porque allá no usan gas) para luego enrumbar a la playa. Una hora de caminata fué necesaria para poder llegar a la zona denominada “boca del río” que es el punto donde el río desemboca en el mar. Fué realmente genial, improvisamos unas carpas con palos y delgadas mantas, lo que permitió protegernos del inclemente sol. Primero nos bañamos en el río donde el agua estaba tibia y a 100 metros de distancia tenías el mar donde el agua estaba deliciosamente helada. Miguel Angel, el marido de mi prima Gledy, compró un inmenso cocodrilo inflable que fué motivo de numerosas disputas para ver quien podía subirse sin caer, en el río lo pudimos hacer, pero en el mar fué imposible, ejercicio complicado pero altamente divertido ver como todos caían.
Como era de esperar mi tía llevo comida, un exquisito tallarín de camarones hizó desaparecer el hambre feroz que tenía, el tiempo se fué volando y tocaba volver. Una vez en casa, la actividad no se detuvo, era hora de jugar futbol! Me negué a jugar, estaba muy cansado, pero prácticamente me obligaron asi que jugué de arquero, porque en otro puesto no hubiera durado ni 10 minutos, estuve a punto de entregar mi valla invicta pero un infame remate de un lugareño quebró mi ilusión, al final ganamos cuando ya la luz del sol nos había abandonado. Por la noche, esta la tertulia de rigor entre todos los miembros de la familia, el tema de conversación era el campeonato de futbol que se realizaría a fin de mes, aprovechando las 3 horas de luz eléctrica que dan al día cenamos y una vez que se fué la luz repetí el ritual de la noche anterior, contemplar ese maravilloso cielo estrellado y cavilar sobre mi vida y planes futuros.